lunes, 29 de octubre de 2012



SEXENIO PUEBLA

El Libro Sobre Manuel Buendía y los Cadáveres de Manuel Bartlett

Mario Alberto Mejía

28 de octubre de 2012


Manuel Bartlett Díaz siempre ha presumido que fue el último secretario de Gobernación de seis años.
Es cierto.
Y es que al perder la puja por la candidatura del PRI a la Presidencia de la República –igual que su ex jefe Mario Moya Palencia- tuvo que quedarse en el Palacio de Covián para cerrar la puerta y ofrendar su nombre y su “prestigio” en aras de que Carlos Salinas de Gortari llegara a Los Pinos.
Antes, años atrás, Bartlett estuvo muy ocupado tapándose las orejas para no enterarse de las irregularidades, negocios con el narco y asesinatos que estaba cometiendo uno de sus funcionarios más cercanos: José Antonio Zorrilla Pérez, autor intelectual del crimen cometido en contra del periodista Manuel Buendía, quien fue ratificado por nuestro personaje como titular de la hoy extinta y siempre temible Dirección Federal de Seguridad (DFS).
Al decir de Miguel Ángel Granados Chapa y de Tomás Tenorio, coautores del imprescindible  libro “Buendía, el Primer Asesinato de la Narcopolítica en México” (Grijalbo, octubre de 2012), Bartlett estuvo enteradísimo de las andanzas del “Güero” Zorrilla, quien tenía tratos y acuerdos extraordinarios con el narcotraficante Rafael Caro Quintero (al grado que le dio a pasto credenciales de la DFS para él y sus muchachos), lo que le llenó los bolsillos brutalmente y lo hizo poseedor de residencias en el Pedregal de San Ángel, Lomas de Chapultepec, Cancún, Guadalajara, Cuernavaca, etc.
Bartlett jura que nunca se enteró que Zorrilla mató a Buendía –apoyado en cuatro funcionarios de Gobernación- y a José Luis Esqueda, empleado -este último- de su espía de cabecera: Óscar de Lassé.
No supo el hoy “hombre de izquierda” y senador de la República que mientras hacía alta política, su subordinado, el más amado entre los amados, era visto con particular interés por el gobierno estadunidense, una vez que iba y venía del brazo de Caro Quintero y desaparecía y mataba a agentes de la DEA, como fue el caso del Kike Camarena.
Nunca supo Bartlett –o hizo como que no supo- que la riqueza inexplicable de Zorrilla superaba cualquier otra y que sus automóviles y camionetas de lujo crecían como nopales.
Y como ignoraba las pillerías de su funcionario, Bartlett, el priista, quiso darle fuero, por lo que lo promovió como candidato a diputado federal por un distrito del estado de Hidalgo.
Luego, cuando las presiones del gobierno estadunidense apretaron el cogote de Miguel de la Madrid, le retiraron la candidatura y lo mandaron a España.
Todo esto, siempre –faltaba más-, con los comunicados firmados por Bartlett en el sentido de que Zorrilla Pérez había sido un funcionario honrado y ejemplar.
Una de las novedades de este libro es que poco antes de morir Granados Chapa le envió a Bartlett por escrito un cuestionario sobre el caso Buendía.
“En su nueva faceta de priista disidente”, explica Tenorio, el senador del PT respondió con todo y faltas de ortografía.
Tal cual lo publicó Grijalbo.
Tenorio asienta: “En sus respuestas a Granados Chapa, Bartlett busca desvincularse de Zorrilla, pero se tropieza él solo, con el archivo y con la historia”.
Más adelante, el coautor asienta: “La argumentación de Bartlett queda completamente rebatida, sin embargo, por el propio De la Madrid, quien dijo a Sergio Aguayo: ‘Bartlett siempre defendía a Zorrilla’. (…) Los hechos y testimonios apuntan a que, ene efecto, brindó protección a un ‘torvo personaje’ y ahora no halla cómo desprenderse de esa parte de su biografía”.
Uno de los puntos centrales del texto de Tenorio deja muy mal parado al hoy demócrata convencido: “Efectivamente, como dice Bartlett, Zorrilla quedó en condiciones (una vez que le quitaron la candidatura) de ser investigado sin ninguna limitación. Pero no fue investigado. Ni por el asesinato de Buendía ni por sus nexos con el narcotráfico ni por corrupción ni por su sorprendente enriquecimiento. (…) En cambio, la Secretaría de Gobernación a cargo de Bartlett emitió un comunicado oficial liberándolo de cualquier responsabilidad penal y le permitió huir a España”.
La puntilla se la da precisamente Granados Chapa, quien en una columna publicada en el diario Reforma el 5 de febrero de 1999, escribió: “Bartlett fue el último de los secretarios de Gobernación que se quedaron todo un sexenio en su cargo. No lo hizo sin tropiezos. Uno principalísimo, del que inútilmente busca desembarazarse alegando que el tema no era de su incumbencia, es el crecimiento del narcotráfico en México. (…) No desea recordar que miembros de esa oficina (la DFS) no fueron ajenos al secuestro, tortura y homicidio del agente norteamericano Enrque Camarena Salazar. En la misma vertiente, Bartlett parece abrigar la ilusión pueril que cerrando los ojos la realidad desaparece. Apela a la desmemoria general para ostentarse como el valiente secretario que suprimió la DFS. (…) Y sólo entonces, a fines de 1985, Bartlett emprendió la conversión de la DFS. (…) No fueron su visión histórica ni su ética de servicio los factores que condujeron a esa decisión. Fue la obsesión de De la Madrid de mantener una relación óptima con el gobierno de Reagan lo que obligó a hacerlo”.
Termino.
Este libro sobre Buendía saca –metafóricamente hablando- los cadáveres del ropero de Bartlett y los pone a secar al sol.
Esa es la novedad del libro: los señalamientos de Granados Chapa y Tenorio, y las respuestas, evasivas, de Bartlett.
En la presentación del libro, Carmen Aristegui dichas respuestas ante las risitas burlonas de los asistentes.
Es claro que hoy que Bartlett es un “compañero de ruta”, cierto sector de la prensa “progresista” mexicana buscará minimizar los cuestionamientos.
No podía ser de otra manera.

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