martes, 14 de agosto de 2012





De como pisé la cancha de Wembley. Al ver partido Senegal-México recordé

Gabriel Hinojosa Rivero



05 Ago 2012

ESTADIO DE WEMBLEY. Domingo 19 de abril de 1970, Londres, Inglaterra. Son las 10:00 a.m. y parado en el césped subo la mirada para ver a un estadio a medio llenar, tengo 20 años y me golpea la realidad ¿Como llegué acá? Un toque en el hombro de mi nervioso coequipero de 17 años Toño Bárcena(+) interrumpe mi reflexión; Gabriel, es hora de prepararnos, no podemos distraernos. No se escuchan las porras del futbol pero si el peculiar rugir de los motores y en el aire el aroma de gasolina de alto octanaje con aceite Castrol. Estamos en la rampa de salida del Rally de la Copa del Mundo Londres-México 1970 a bordo de nuestro Vocho color naranja, casi rojo, marcado con el número 19 y rodeados de otros 92 competidores entre los que se encuentran muchos de los mejores pilotos del mundo de la especialidad que cuentan con el apoyo millonario de grandes fabricantes automotrices. En el momento de tomar la rampa de partida se encuentra al volante  José Manuel Pérez, de mi misma edad y hoy mejor conocido como Pepe Momoxpan. Ocupo el asiento del navegante y Toño en el asiento trasero se inclina entre nosotros para no perder detalle, cae la bandera a cuadros para marcarnos el arranque y los flashes iluminan la leyenda en el cofre: “MÉXICO” en letras negras y grandes en diagonal y un poco abajo, con letras menores y a manera de subtítulo “EL ABANDONADO”. Esta es una breve historia de cómo llegamos a ese momento que hoy regresó a mi memoria al ver el partido olímpico de Senegal contra México en ese mismo estadio de Wembley.
Tenía escasos 8 años cuando mi familia se mudó a la casa en calzada de los fuertes, la que lleva a los fuertes de Loreto y Guadalupe. Mi padre nos llevaba sin falta a las carreras de autos en el aeródromo “Pablo L. Sidar”, sentados en el pasto y cercanos a la curva en “U” que les daba a los autos acceso a la larga recta que era en realidad la pista de aterrizaje, observábamos atentos mientras botaneábamos chicharrones y los grandes uno que otro tequila. Mi padre era ingeniero mecánico de las primeras generaciones egresadas del Politécnico Nacional, por lo que resulta natural su gusto por los motores y el automovilismo. Posteriormente el Club Deportivo Automovilístico de Puebla, CDAP, inició la organización anual de una carrera nocturna usando un circuito callejero que rodeaba a los dos fuertes, con Pepe y otros amigos en la adolescencia,  no nos perdíamos un entrenamiento formal o informal y salíamos disparados en nuestras bicicletas a cualquier hora de la noche al escuchar el rugir de algún potente motor, señal inequívoca de que alguien estaba entrenando para la carrera. También hacíamos méritos ante los adultos socios del CDAP para que nos capacitaran y permitieran ser bandereros oficiales en la carrera, eso nos dio acceso a las reuniones semanales del CDAP en la que los grandes bebían, hablaban de automovilismo y organizaran sus eventos. En Reforma #125 segundo piso el club ocupaba unas oficinas por las que no cobraba renta el socio y también dueño de la radiodifusora XEHR que ahí operaba, Roberto Cañedo Martínez. Las paredes tapizadas de fotografías blanco y negro de los héroes mundiales panamericanos y de los locales como poblano Douglas Ehlinger que con su Packard llegó a ocupar el lugar 14 general y mejor mexicano de esa carrera legendaria “La Panamericana”. Los que habían competido narraban sus hazañas cada semana ante su mejor auditorio, nosotros, los jóvenes aprendices y aspirantes a emularlos, a veces con auténtico interés y a veces con el afán de que nos invitaran una cuba que no podíamos pagar con nuestro escaso “domingo”
  A los 17 años fui invitado a ser copiloto y navegante en uno de los rallies de regularidad por carreteras que organizaba el CDAP, los grandes tenían auto y podían pagar, por lo que nos invitaban. Pronto tenía yo cierto prestigio como buen navegante que sin marearme podía llevarles la ruta y con tablas y cronómetros mecánicos los guiaba a mantener las velocidades exactas requeridas. Un buen día a finales de 1969 en reunión del CDAP alguien sacó un folleto de un gran rally que organizado en Inglaterra para celebrar el campeonato mundial de futbol, el primero sería de Londres a México en 1970 pero cada 4 años se pretendía hacerlo de Londres a la sede del mundial de futbol, por eso lo llamaron “Word Cup Rally” . Iniciaría en el estadio de Wembley y terminaría en el estadio Azteca de México. La emoción subía conforme la noche avanzaba al imaginar la posibilidad de ser participantes y héroes locales, además la ruta pasaba por Puebla. Repentinamente se alzó la voz de Mario González Cobián, uno de los socios “grandes” quien dirigiéndose a Pepe, Marco Arroyo y a mi declaró “Soy amigo de Hans Barkins(¿?) alto ejecutivo de la planta VW en Puebla; me comprometo a que ponga el coche para que vayan al rally” la sorpresa nos dejó mudos por instantes, pero pasamos a expresar duda sobre que la marca fuera a aportar el auto pero Mario cortó de tajo las dudas sobre lo serio de su oferta agregando “ …y si no lo consigo, me comprometo a pagar el coche yo mismo”
   Al día siguiente nos reunimos Pepe, Marco y yo para evaluar la situación, ya que la inscripción costaba dos y media veces lo que costaba el auto y habría que agregar gastos y boletos de avión. Acordamos no darnos por vencidos y nos asignamos tareas: Pepe hablaría con su papá para la inscripción; Marco haría lo propio para obtener otra aportación de su familia y finalmente yo, cuarto de una familia de once, declaré realistamente que ni soñando me daría dinero mi papá, por lo que ofrecí además de mis talentos como navegante, que no me inscribiría en la universidad ese semestre y e iría a la ciudad de México de tiempo completo a pedir patrocinios a las grandes compañías que seguramente tendrían interés. Unos días después Marco nos dio la mala noticia de que su familia le había dado un rotundo no y además le prohibían ir al rally de cualquier forma, nuestro proyecto sufría el primer revés. La situación de Pepe era diferente, estaba bastante deprimido porque el efímero matrimonio con su amor de la preparatoria, acababa de naufragar después de escaso el año de luna de miel, pasado el embrujo en que sospecho las hormonas tuvieron demasiada influencia, la chica seguramente no vio futuro y decidió cortar por lo sano. El padre de Pepe era un acaudalado empresario textil que viendo en el rally una oportunidad de lograr que Pepe olvidara este fracaso, ofreció pagar la enorme cuota de inscripción. Yo hablé con mis padres para explicarles que dejaría la universidad un semestre para dedicarme a conseguir patrocinios y lograr correr el rally, no se mostraron contentos pero tenían poca opción y después de las advertencias del caso entendieron que lo intentaría de todas formas, seguramente pensando que no lo lograríamos. En lugar de Marcos invitamos al equipo a Toño Bárcena, con quien ya corría yo rallies como navegante en su Renault R8 , contó con el entusiasta apoyo de su hermano mayor Paco y con una familia que lo apoyó para aportar su parte del costo. El equipo quedó completo nuevamente.
   Una mentira piadosa para salvar el rally. Resulta que el papá de Pepe me encomendó comprar el giro y enviarlo para pagar la inscripción, después de llenar el formato de inscripción lo metí con el giro bancario en un sobre para enviar a Londres, lo cerré y me dispuse a ponerlo en el correo al día siguiente, en eso me llama Pepe que su padre quiere hablar conmigo, me presento y me dice que ya cambió de opinión sobre apoyarnos -supongo que su esposa y quizás otros padres nuestros lo habrían cuestionado por alentarnos en la peligrosa aventura- me pregunta si ya envié el giro y yo respondo con inusitada frialdad; Si don Pancho, salió ayer. Él contesta, pues si ya se fue, ya ni modo, sigan adelante. Aún me remuerde la conciencia, un poco.. 
   Me instalé en la ciudad de México y con directorio en mano pedí citas a las principales compañías de aceites, cigarros, televisoras, amortiguadores  y similares que se me ocurrió podrían patrocinarnos, asistí a muchas entrevistas con los gerentes de mercadotecnia y publicidad, algunos me desearon suerte pero ninguno ofreció apoyar. En ese entonces no se acostumbraba aquí patrocinar al deporte que no fuera el futbol y al rallismo, casi desconocido para el gran público, menos. Seguramente mi juventud y falta de profesionalismo y experiencia para vender también pesó mucho. Fracaso total y los tiempos se agotaron. Hablé con mis compañeros y les dije que no se había logrado nada, tampoco la fabrica VW apoyó en lo mínimo, pero Mario sostuvo su palabra y aportó el dinero para el auto. Ofrecí hablar con mi padre para que me hiciera un préstamo para pagar mi boleto de avión y también ofrecí que invitaran en mi lugar a alguien que pudiera aportar el dinero faltante para salvar el proyecto. Acordamos mantenernos juntos, regresé con mi padre y un poco con el rabo entre las piernas le pedí el apoyo para el boleto, puso cara seria, seguramente atrapado entre su responsabilidad de padre y la pasión compartida del automovilismo con este testarudo hijo suyo, saco la chequera y me entregó el importe diciendo; toma, que Dios te cuide, no sé qué le voy a decir a tu mamá.
   El jet acelera para despegar de la ciudad de México, es la primera vez que me subo a un avión y estoy impresionado, casi atemorizado por la fuerza que me embarra contra el asiento, faltan dos  semanas para el rally y con los pocos recursos que pudimos juntar iniciamos ese sueño. Aterrizamos en Frankfurt, Alemania para dirigirnos al poblado de Wolfsburg donde se encuentra una gran fábrica VW que nos debe entregar el Vocho pedido y pagado desde México. Increíblemente conseguimos un aventón con un par de ejecutivos que iban en esa dirección, les divierte nuestra historia y se detienen en el camino a invitarnos a comer y a darnos de beber el Snaps que ellos usan parecido al tequila, hace frio y aún hay nieve en las orillas del camino. Al siguiente día nos presentamos a recoger el auto, no lo tienen, pero nos informan que lo van a fabricar y que regresemos mañana, ofrecen poner atención especial a la fabricación como forma de apoyo. Al día siguiente efectivamente nos lo entregan y partimos de inmediato a Munich en donde nos espera un taller que lo pondrá los faros, barra antivuelcos, y otras modificaciones simples, después de un par de días de espera en que cada vez más amigos del grupo de nuestro conocido allá, se esforzaban por darnos de comer y llevarnos a lugares, mostraban  simpatía, ya que en Europa los rallies son un deporte con millones de seguidores. Nos entregaron el auto, pagamos la dolorosa cuenta y tomamos carretera rumbo a Inglaterra, con una pequeña desviación para por lo menos conocer París, llegamos con hambre después de manejar toda la noche, cuando finalmente vemos un pequeño restaurant son un poco más de las 10 a.m. intentamos pedir unos huevos y solo recibimos imprecaciones del encargado, nuestro francés es inexistente y ha terminado la hora del desayuno, no comprendemos que pasa, pero se nos acerca un joven universitario de aspecto hipioso y en Ingles nos rescata, le da unos cuantos gritos al encargado que sonaban a mentadas y nos lleva a comprar huevo y pan, vamos a su departamento, cocina y platicamos, nos pregunta si estuvimos en el movimiento del 68 le decimos que apenas salíamos de la prepa pero de todas formas hay química entre universitarios, su casa tiene la foto del che Guevara por todos lados y discos de los Beatles, nos sentimos afortunados de este nuevo amigo y de su generosa reacción ante nuestra aventura. En Europa cada alma que tocamos nos adopta, nos nutre y nos da vino. Pierre nos lleva a conocer mucho de Paris, nos compra dulces en la tienda, nos aloja y nos manda rumbo a Calais, el puerto donde deberemos tomar el Ferry que nos llevará a Dover en Inglaterra.
   Llegamos a Calais para tomar el Ferry que partía como a las 2 de la mañana, hace frio y nuestras chamarritas mexicanas no protegen suficiente, Pepe, que es el más extrovertido y quien domina el Inglés, hace conversación con un ejecutivo que viene de regreso de hacer negocios en Suiza, tan pronto conoce nuestra aventura va a su maleta para darnos a cada uno una barra, más bien triángulo de chocolate Toblerone que por primera vez pruebo y me parece maravilloso, platicamos en el barco y nos invita a ir a su departamento en Londres para bañarnos y desayunar. Viajamos temprano de Dover a Londres en estas extrañas carreteras con la circulación al revés, encontramos el lujoso edificio de nuestro amigo y tomamos una reparadora ducha ya impostergable, nos ofrece desayuno y nos despedimos agradecidos. Ya estamos en Londres, faltan unos días pero hay muchos pendientes.
   Nos reportamos a la oficina del Rally, ya llegó el giro, revisamos licencias deportivas, placas internacionales, visas y otras cosas, todo funciona y nos dan los libros de ruta, calcomanías y placas metálicas con el número 19, listo, nos citan en 4 días al coctel de bienvenida a pilotos y al día siguiente a las 9:00 hrs. en la puerta del estadio de Wembley. Después de instalarnos en un hotelito tan barato como pudimos encontrar, nos dimos a la tarea de comprar e instalar el medidor de distancias, parecido a un taxímetro, llamado Twin Master para poder seguir la ruta sin perderse. Posteriormente buscar una tienda especializada para instalar lámpara flexible de navegación, quedamos maravillados con las tiendas y talleres dedicados al automovilismo deportivo, adicionalmente nos dimos el gusto de comprarnos tres chamarras iguales de rallies, tanto para el frio como para sentirnos más a tono. Por último buscábamos un taller de rotulación para pintarle al coche nuestros nombres, tipo de sangre y México en el cofre, cuando observamos en una callejuela a unas personas con tipo de artistas pintando sobre los muros, nos paramos para pedirles direcciones, Pepe les explica, ellos ofrecen hacerlo gratis, nos adoptan, son como siete, hombres y mujeres, hacemos chorcha mientras ellos pintan el auto, se nos ocurre en homenaje al fallido matrimonio de Pepe que hizo posible esto, agregar en letras más chicas debajo de MÉXICO el letrero “El abandonado” sin imaginar que pronto todos los medios deportivos europeos que cubrían el Rally estarían reportando la historia con la foto del auto,  eso tendría importantes repercusiones positivas para nosotros.
   El domingo 19 de abril temprano nos dirigimos al estadio de Wembley, nuestras chamarras y auto bien rotulado y con faros de niebla nos hacían sentir que estábamos preparados, si no fuera por el detalle de que después de pagar todo, solo teníamos tanque lleno y $200 Dls. para recorrer más de 25,000 kilómetros en carreteras de Europa y Sudamérica durante 37 días, pero ya estábamos aquí, dispuestos a tomar la salida y sin reflexionar demasiado sobre lo mucho que nos faltaba en dinero. Nuestros amigos artistas nos vienen a despedir al estadio y traen sanwiches, les entregamos nuestras maletas con todo lo no indispensable que de todas formas no cabía en el Vocho, solo las chamarras y una muda de cada uno nos acompañan. Nos despedimos de nuestros amables amigos que se van a las gradas a disfrutar el espectáculo y nosotros con todo y auto a pasar los últimos controles, todo bien, adelante, el ambiente es festivo con 93 coloridos autos formados en la cancha para tomar salida, bajamos a esperar nuestro turno.
   Son las 10:00 a.m. y parado en el césped subo la mirada para ver a un estadio a medio llenar, tengo 20 años y me golpea la realidad ¿Como llegué acá? Un toque en el hombro de mi nervioso coequipero de 17 años Toño interrumpe mi reflexión; Gabriel, es hora de prepararnos, no podemos distraernos. No se escuchan las porras del futbol pero si el peculiar rugir de los motores y en el aire el aroma de gasolina de alto octanaje con aceite Castrol, el sonido local habla de los participantes y  patrocinadores como el Daily Mirror y otros. Estamos en la rampa de salida del Rally de la Copa del Mundo Londres-México 1970 a bordo de nuestro Vocho color naranja, casi rojo, marcado con el número 19 y rodeados de otros 92 competidores entre los que se encuentran muchos de los mejores pilotos del mundo de la especialidad y que cuentan con el apoyo millonario de grandes fabricantes automotrices. En el momento de tomar la rampa de partida se encuentra al volante  José Manuel Pérez, de mi misma edad y hoy mejor conocido como Pepe Momoxpan. Ocupo el asiento del navegante y Toño en el asiento trasero se inclina entre nosotros para no perder detalle, cae la bandera a cuadros para marcarnos el arranque y los flashes iluminan la leyenda en el cofre: “MÉXICO” en letras negras y grandes en diagonal y un poco abajo a manera de subtítulo “EL ABANDONADO”.
   Convertimos el sueño en realidad e iniciamos una aventura que nos llevaría por mucho de Europa y terminaría para solo 23 competidores el 27 de mayo en el estadio Azteca, para nosotros el 18 de mayo con el auto volcado a las 2 de la mañana de una fría noche a unos metros de la orilla del lago Titicaca en Bolivia, pero esa es otra historia.
Gabriel Hinojosa Rivero a 4 de Agosto de 2012, Puebla, Puebla, versión 1.1

Gabriel Hinojosa, Pepe Momoxpan y José Antonio Barcena




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